
Fuimos con la verde hoja de un inmenso árbol,
en la cima de su copa miramos el mundo
y todo parecía tan insignificante.
Nacimos pequeños y nos fuimos haciendo fuertes
llegamos a la madurez sintiendo la maravillosa brisa,
todo era perfecto y eterno.
Eramos invencibles e inalienables,
fuertes, corajudos, impertérritos e inviolables,
la vida nos pertenecia y nosotros a ella.
Y soplaron los vientos y llegó el otoño,
pero eso no importaba porque nuestro árbol era siempre verde,
no funcionamos por temporadas.
Vimos como muchas otras hojas calleron al suelo
y nos sentimos afortunados siempre verdes,
siempre vivos...
Llegó el invierno y nos cubrimos de blanco,
llego la primavera e irradiamos nuestra verde belleza,
llego el verano y le dimos nuestro rostro al sol.
Y pese a que nunca nos volvimos amarillos y gastados,
un día comenzamos a sentir cada vez menos fuerza
y nuestra base comenzó a resquebrajarse.
Recuerdo el día que caímos como si hubiese sido ayer
la brisa que tantas veces nos arrulló
nos depositó suavemente en el suelo.
Y es que, amor mío, olvidamos un detalle
y es que hasta las hojas perennes
caen....

